¡Gloria a los vencidos!
¡Los tres!
- Fue lo último que le escuchó al General antes del estruendo de las explosiones, en tanto que un espeso y caliente sabor dulce le llenaba la boca. ... La cabeza del Almirante Castro estalló, salpicándolo con su sangre y masa encefálica... Indiferente a todo se abandonó a sus recuerdos...
- .El sol brillaba aquel cuatro de julio sobre el Campus de la Escuela de Las Américas. Sonaron los acordes del himno uruguayo, en tanto era izada la enseña patria.
-" Aquí se templará vuestra condición humana. Así como Aquiles y Jasón, míticos guerreros griegos, fueron confiados en su niñez al centauro Quirón. Esta alegoría no significa otra cosa sino que ellos tuvieron como preceptor a un maestro que era mitad bestia y mitad hombre. Es decir, que el jefe tiene necesidad de saber usar a un mismo tiempo de una y otra naturaleza, y que la una no podría durar si no la acompañara la otra. ¡Bien venidos a la escuela de centauros del siglo XX !"
El prisionero encapuchado, desnudo y con los brazos atados por la espalda, fue colocado sobre la parrilla de tejido de alambre, a la manera de las antiguas camas de elástico. En uno de los extremos de la misma era conectado el electrodo que venía de una fuente de corriente. El instructor procedió a atarlo con alambre al por las muñecas y tobillos. Es necesario, explicó, mantener al cuerpo bien mojado, con agua salada, mientras procedía con la esponja, para mejorar los efectos de la corriente. La clase era filmada por cámaras automáticas, separados de la escena por un grueso cristal refractario, podíamos escuchar por los parlantes los alaridos del prisionero. Para nuestro asombro, el interrogatorio se hacía en ruso, por lo cual no pudimos entender sus objetivos
Mientras el prisionero gritaba y se retorcía bajo los efectos de la picana certera, dos de los presentes se desmayaron y fueron retirados por dos efectivos de seguridad militar.
Luego supimos que la "víctima" era un marine que participaba, sin saberlo, de un entrenamiento de resistencia a los interrogatorios, un aspirante a cuadro de élite, al cual sus superiores habían confiado una "misión secreta". Estaba viviendo su secuestro a manos del "enemigo". Este hecho no hizo otra cosa que aumentar nuestra admiración por una nación que es capaz de exigir tal formación y sacrificio a sus ciudadanos. Y temer y respetar al soldado que ellos formaban para la defensa de su patria ¿De qué no serían capaces hombres sometidos a estos terribles entrenamientos?
Buenas lecturas fortalecieron mi ánimo, me ayudaron perder del lastre de superstición que arrastraba de la educación familiar. Zaratustra se convirtió en mi profeta, y yo en su dios... Más allá del hombre, el ”superhombre” sobre el bien y el mal, dijo el filósofo. Dios ha muerto, no hay juicios ni testigos molestos ni más allá ni más acá. Y como un iluminado, ya en el terreno de la acción, yo me encargaría de asegurárselo a mis suplicantes. ¡"Si Dios no hubiera muerto, ninguno de los dos estaríamos en esto!. ¡Aguanten, que no hay mas nada que esta vida!" Les gritaba a los que parecía que aflojaban Los muertos no brindan información, siempre hay que dejar lugar a la esperanza, dijo el maestro, si alguien pensaba escaparse muriéndose, se acababa el juego...¡Pensar que había visto temblar a tantos, rodeado de una aureola terrible, se orinaban al oír mi nombre!.... No sabía como hacer para no estallar en incontenibles carcajadas, al ver aquellas caras deformadas por el terror, por el solo efecto de sus fantasías, alimentadas por los relatos de otros. Esto me obligaba a superarme en cada sesión. Mantener en alto la fama y prestigio, en definitiva, no defraudar a la víctima en sus expectativas de sufrimiento. Así pues, bordeando la muerte, cuidadosamente, evitando aún los desmayos y los paros cardíacos, con artesanal dedicación, arrancaba uñas, muelas, quemaba testículos... ante una oficialidad entre aterrada y extasiada. El silencio que reinaba en mis clases solo era profanado por las
súplicas, gritos y lloros de la víctima. Los siete u ocho oficiales espectadores de los cursos, ni respiraban, por no hacer ruido. Creo que en alguna oportunidad, hasta las víctimas se contagiaron de esa voluntad de sagrado silencio. Por momentos todos ingresábamos en un ambiente de irrealidad ritual.
Siempre me había jactado de tratar a las mujeres a cara descubierta, pero con Marina fue distinto. Tenía una mirada tierna, enigmática, sin miedo ni odio. ¿Podía ser posible eso? Y, cuando en aquella madrugada de julio, tras unas seis horas de interrogatorios, tratando de ser amable, ella le rechazó, con aquella mirada clara, firme, pero sin rebeldía. ¡Era ¡dignidad! ¿Cómo podía tener dignidad después hacerla violar por su compañía? Así, como un autómata, la desenchufo, secó, cubrió con una manta, introdujo una barra de chocolate en su boca al dejarla desmayada en su celda... Otro día, obligado a volver a interrogarla, se puso la capucha, para evitar ser conocido, para el caso en que las vendas de sus ojos fallaran! ¡Pero, al oír decir, "gracias capitán", una mezcla horror y vergüenza se apoderó de él! Ella es el único testigo vivo de un momento de debilidad. Pero, ella no se lo va a contar a nadie, es nuestro secreto, pensó, para tranquilizarse, o tal vez, para salvarla de sus demonios...
Nunca fue de esos, que en la locura colectiva de los antros, se mintieron ganadores con las mujeres, aprovechándose de las infelices que pensaron lograr algún privilegio en medio de su desesperada situación, un mejor trato para sí, o para a alguien a quién estaban protegiendo. Vanas esperanzas, ya que el breve placer pronto era sucedido por el furioso desprecio. Aquellos que perdían el control de sus instintos, pronto convertían sus debilidades en furia homicida. En esas circunstancias, la culpa y la vergüenza, ante lo injustificable, obligaron ha hacer desaparecer todo rastro de algunas prisioneras...
Yo estaba solo, mi mujer había recibido llamadas anónimas, comenzó a hostigarme con preguntas molestas. Mis hijos comenzaron a temerme. Una noche, borracho, perdí el control y casi la mato...Luego de que me levantaron el arresto, divorcio de oficio, no los vi más. ¡Pésimo negocio el divorcio! Solo pude salvar el auto y las acciones de la empresa de seguridad, en la que invertimos algunos botines de guerra. Nunca hubiera creído que mi mujer me traicionara de esa forma, dando crédito a nuestros enemigos. ¡Bien que en los buenos tiempos, no preguntaba de donde salía la abundancia imposible para mi pobre sueldo de capitán!
El tiempo había pasado, en esos días el avispero andaba revuelto, había muerto, en raras circunstancias, el Intendente de Cerro Largo, Villanueva Saravia. Marina podría haber regresado al país hacía unos años, sin novedad hasta aquel día, en que nos cruzamos en aquel restaurante en Punta del Este. Quedé tan turbado que inmediatamente pedí información a inteligencia. Así pude saber que se había recibido y que ejercía un alto cargo en las Naciones Unidas. Y luego, ¡en mala hora! busqué su encuentro. ¡Sí, fui a verla! A cara descubierta, pero esta vez de igual a igual, en libertad... ¡qué locura! Por suerte no hubo testigos. Por primera vez, experimenté lo que es el terror, me sentí cobarde, hasta que abrió la puerta. Me quedé mirándola sorprendido, estaba más bella y dulce que nunca. Los años le habían sentado bien. Con la misma mirada clara y firme, sin nubes de rencores. Le di a entender que esa era una visita de rutina, de reconocimiento. En silencio me escuchó. No me dijo palabra. Tampoco me creyó nada. Ella sabía bien por qué yo estaba ahí. Luego me preguntó, serenamente: ¿Eso es todo Mayor? -No se preocupe- agregó- de mi no tiene nada que temer, siga con su vida. Advirtió que mi visita era fruto de mis inseguridades, de mis miedos ¡Y el alto precio que yo estaba pagando! ¡Qué mujer, la vi agigantarse ante mí! Para disimular, me hice el fuerte, reprimiendo mis ridículas ganas de abrazarla, de felicitar su coraje, de agradecerle su mirada, pedirle perdón......nos despedimos y me retiré mostrando el más adusto gesto militar de que mi cara fue capaz.
eso fue todo. ¡A qué tanto lío! Que fulano se lo dijo a mengano. ¡Qué perengano al Ministro, éste al Presidente... y aquí estamos, a las puertas de un tribunal de honor! Pero, ¿qué pueden hacer éstos conmigo? Estoy seguro de que ella no dijo nada. Tal vez lo comentara con su abogado, pero nada mas hay que temer. En estas y otras reflexiones, me sacó la voz del sargento Ramírez que a mi lado reclamaba mi atención:- ¡Mayor!
- ¿Qué tal Ramírez? Dejémonos de grados y de cumplidos, no estamos uniformados. -¿Está todo?
- Sí Miguel, tengo las instrucciones en este sobre.
- Allí se pudo leer:
- Camino Melilla kilómetro 21 y medio. A la derecha dos kilómetros, luego del cruce con la vía, tomar a la izquierda doscientos metros. Portera negra. Apagar las luces y entrar. Pases: "Por mí se va a la ciudad doliente." Llave: "Vosotros,los que entráis, dejad aquí toda esperanza". "Rompí papel ante los ojos intrigados de Ramírez.
--¡Volvemos al infierno!, Ramírez. Para irse entonando, te invito con un pisco que hace un unos meses trajeron unos camaradas de Chile. Pese a tener cara de no entender mucho, no se dejó impresionar por mis misterios y me aceptó entusiasta el convite. Nos tomamos un par y partimos, como viejos amigos que éramos.
La chacra tenía unas instalaciones espaciosas. Un gran galpón, una casa en herradura con patio y aljibe. Un antiguo casco de estancia, más que centenario ya. Rodeando la edificación principal buscamos un discreto reparo para el auto, lejos de las miradas del cercano camino. Los otros ya habían llegado, porque el galpón ya estaba lleno de vehículos Se abrió una de las puertas de la casona, apareció un paisano de bombacha, de indeterminada edad, cutis curtido por soles y años, de esos que siempre te dejan mal en el acertijo de edades, doblando en apariencia su edad. Sin más palabras que un “buenas noches”, le seguimos. Adentro un soldado nos tomó los pases. A Ramírez lo dejé con la guardia. El guía orientó mis pasos.
La espaciosa y vacía sala estaba alumbrada con un viejo farol de mantilla, de la cocina venía un fuerte olor a mondongo. La atravesamos. En la habitación contigua había una escalera por la cual se llegaba a una espaciosa cava, que conservaba aún unos viejos cascos de roble. Y, allí estaban todos. Unos veinte y tantos hombres, charloteando desordenadamente. El recinto estaba bien iluminado. En su centro unas mesas de caballetes sobre la cual alternaban vasos de güisqui y varias botellas. En una mesa contigua, descansaban las armas.
Bien venido - dijo el Coronel Lima- está en su casa. Acomódese, falta un rato para la buceca. - Silva, esta sigue siendo la gran familia de siempre. No tiene que preocuparse por nada. No hay nada que temer. Va a ver como se divierte más que nunca, je, je! Y puso en mi mano un gran vaso de güisqui.- ¡Por los buenos tiempos! Y me dejó más que entusiasmado, preocupado. ¿Qué se estaba tramando? Allí estaban todos. El grupo de tareas Oscar 300, casi en su totalidad
Las risotadas ya sonaban algo destempladas por el alcohol. Al segundo abundante vaso me comencé a sentir como en casa, se respiraba el ambiente desordenado de los viejos tiempos, de fraternidades selladas con sangre y alcohol. Pero sangre no habría allí seguramente. Los recordaba borrachos, enloquecidos por alguna pólvora que se mandaban antes de la acción, fieras que desconocían a su propia madre cuando entraban en clima. Ahora parecían unos bobalicones dándose la gran divertida, como festejando el cobro de algún peso extra, de alguna propina de los servicios.
Arrímese, Silva. Sonó la voz del Mayor González, un grandullón de dos metros, ciento cincuenta quilos y redonda cara de satisfecho lactante.- Así, de vuelta a las andadas ¿no? ¡Ya me contaron lo de su visita a la “damita de hierro”!
-No, no le dijeron toda la verdad seguramente, González.
-Si, pero podía haber mandado a alguien poco conocido, ¿verdad? ¿O es que quiere andar en la boca de todo un parlamento? ¡Que se hagan una fiesta con Usted!
-No sería ni el primero ni el último que ha tenido encuentros con antiguos enemigos. ¡Y no dude Mayor, que a menos que se retire pronto, lo voy a ver cuadrarse ante un Presidente tupamaro!
-¡Mal rayo lo parta!, Silva. ¡Usted siempre tan sospechosamente intelectual! Recuerdo que de capitán, le decían “filosofito”...je. je. Dijo, festejándose, el muy idiota, ya bastante borracho, dejándome solo en busca de más hielo. Me quedé mirando como se alejaba ese gigante microcéfalo. El "mata caballos", le decían, por haber tumbado de una trompada, al equino que lo " largó por las orejas", plantándose frente a una valla... Fresco no le pegaba a nadie, pero borracho se volvía una fiera, si lo soltaban ante un prisionero bien embolsado...o a su mujer, que lo esperaba aterrorizada cada vez que volvía luego de un largo arresto, ganado tras la última biaba.
- Mayor, ¿qué hace ahí solo? Era el Capitán Domínguez.
- - Le presento a la nueva generación, dijo. Y se me vinieron tres alférez, ya algo entonados de más, que se divertían contando algunas historias soeces. Cuando torpes cuerpos quisieron erguirse, intentando un respetuoso saludo, los relevé del ceremonial, con un simple gesto y un, “como la están pasando muchachos”.
- Les presento al Mayor Silva - insistió Domínguez- fue mi mejor profesor en la escuela, a él debo todo lo que se en el arte de convencer cabezas duras...se festejó con una estruendosa carcajada.
- Mayor, ¿Piensa que las cosas cambiarán ahora? Me largó a bocajarro un joven alférez casi imberbe.
-No sé en que sentido, cambios en qué, le respondí a lo gallego, haciéndome el turro.
-Bueno...respecto a nosotros, el revisionismo. ¡Hay tipos que piden venganza!
- Jóvenes, en realidad éste fue un enfrentamiento entre civiles, los civiles nos los mandaron cazar a la otra orilla... nosotros no hicimos otra cosa que, abandonándonos a la tradición, fuimos el brazo armado de "los doctores". Por su encargo cortamos algunas cabezas, pero no les dimos el gusto de quedarnos sin poder negociador. Negociamos hombre a hombre los cautivos. Ahora ahí están, en el Parlamento, fraternizando con algunos de sus verdugos. ¡Esa será su cárcel dorada!
- Pero, se sigue con el tema de los desaparecidos. ¿Qué hacer, como terminar eso?
- Ese es el resultado de los errores de una generación. Pero aguanten, que toda esa historia ocurrió antes de que ustedes nacieran, Ya pasará, el tiempo inexorable lo puede todo. En toda guerra hubo y habrá desaparecidos, como los hay en los naufragios. Solo que en este caso la desaparición fue un acto político que escapó a nuestro control. Cuyas consecuencias a largo plazo no supimos ver. Aunque sea en un osario común debíamos haber dejado los restos, para que transcurrida una década o dos, cuando ya todo se calmara, exorcizar los fantasmas del pasado. Reducir el pasado a unos pocos huesos, es una forma de aceptarlo. Todos tenemos algunos huesos queridos tirados por ahí, que nunca visitamos, pero sabemos que están y ello nos tranquiliza. La gente quiere eso. Este es un problema de nuestra generación. Yo que tuve parte activa en aquellos tiempos, no me preocupo. ¡No lo hagan ustedes! ¡No es bueno ni hablar de esto!
Y así, sin esperar respuesta, di por terminado el asunto, y los dejé en su fiesta.
-No muy lejos, con el oído atento, estaba el Almirante Castro. Ese era de los “duros de escritorio”, nunca se ensangrentó las manos, se cuidó bien de mandar a otros...Vi que quería decirme algo. Nos apartamos un poco de tanto borracho.
- Bien, no pude evitar oírlo, largó, pero lo que Usted dice puede ser cierto en lo inmediato, pero no hay nada definitivo. Nosotros no podemos bajar la guardia nunca, somos hombres marcados. ¿Me entiende?
- Si. Pero a los muchachos hay que tranquilizarlos, son otra generación.
- Habrá sentido los rumores.
- ¿Tienen algo que ver con el asesinato del intendente?
- No. Ese es un pleito entre "doctores", resuelto por profesionales privados. El ejército sigue siendo logísticamente colorado, por esta vez, nos negamos ha hacer mandados personales que pudieran dividir a la fuerza. En ese asunto los servicios están por fuera.
- -Se rumorea que viene Amodio. ¿Qué hay de cierto?
- No son rumores. Ya está aquí desde hace una semana. Y sobre eso es lo que quiero hablar con usted algunos y otros del círculo. Va a ser una reunión muy selecta, donde verá a gente de la orilla de enfrente. Le recomiendo que vaya pensando algo.
-¿Con qué rumbo?
- Reviste sus contactos de información. Despierte a sus agentes periféricos. ¿No habrá perdido de vista a esos hombres?
- No.
- Entonces vea en que están. Que no se oxiden. Cada uno de nosotros es responsable de que ese material humano no se pierda..
- Como Usted lo plantea, la partida viene en serio. ¿Qué tiempo tengo?
- Diez días, hasta el martes dos. Allí se reportará ante mí, me informará de la situación logística. Los recursos, locales con que cuenta, situación de sus elementos.
- El General nos quiere ver antes, la semana próxima. Nos mandará un propio con los detalles, hora y lugar.
Esta tenida fraternal de varias generaciones iba para largo. Terminarían al amanecer, durmiendo la mona, desparramados por el piso. Ya el estado alcohólico general era deplorable y la buceca no salía. Por lo tanto, resolví volverme a casa, con mil preguntas rompiéndome la cabeza.
Pasé por la guardia. Ya ellos habían probado la buceca. El personal estaba sirviendo las casuelas. -¡Vamos!, con eso no vas a sentir el frío de la madrugada. Le dije a Ramírez, y partimos.
Los tres hombres se miraron. Sus gestos denotaban cansancio y preocupación. El ambiente estaba tenso.
El que a todas luces era el centro de la reunión, el General, un hombre de complexión fibrosa, más alto que el promedio de su clase, de calva lustrosa, nariz levemente aguileña, ojos castaño claros y mentón prominente. Su voz grave armonizaba con su personalidad acostumbrada al mando. Hablaba mientras limpiaba meticulosamente su Mágnum 357, misterioso legado de Vilanueva Saravia, arma que, según él, fuera “plantada”, en el recientemente fraguado “suicidio” de su joven amigo. Más que la “prueba de la infamia”, era el recordatorio de un compromiso. Villita fue su alumno meritorio en su breve paso por el Liceo Militar. Pero en realidad, venía huyendo de una situación familiar conflictiva y, como tantos muchachos en esas circunstancias, estaba errando el camino, lo suyo era la política y para ello nada mejor que estudiar derecho. El joven siguió su consejo, no entró a la escuela, se anotó en la Facultad de derecho, contó el General. Siempre se supo que Villa contaba con él en su trunca carrera hacia la Presidencia.
- No estoy de acuerdo en traerlo nuevamente, -dijo - mientras limpiaba cuidadosamente con la baqueta el caño del arma- creo que ya cumplió con su cometido. Ya por 1967, lo reclutaron los gringos cuando cursaba bachillerato. Él mismo me lo dijo, dada la confianza que nos teníamos. No se si saben, fuimos compañeros de clase en la escuela primaria, nos criamos en la misma cuadra. Luego yo ingresé al Liceo Militar y él al Suárez. ¡Miren si será chico el Uruguay! Era un exaltado militante juvenil, había llegado a ser secretario de la juventud de su partido, cuando recibió una carta del Departamento de Estado. No entendía por qué él, un pichón de líder estudiantil, había recibido algo así. Él ni lo sospechó en ese momento, pero lo descubriría años después, miles de jóvenes, potenciales lideres, recibieron iguales propuestas de los servicios. Allí le reconocían, halagaban su liderazgo, en medio de consideraciones sobre las contradicciones internacionales del marxismo. Le proponían una nueva forma de servir a su patria. También le ofrecían, lo más interesante, un ingreso discreto y seguro, con el cual seguir sus estudios sin sobresaltos. Y, medio en serio y medio en broma, contestó la misiva enviando la clave de contacto. Y eso cambió su vida. Ellos lo formaron y nos lo metieron en el ejército años después... pero eso es otra historia. ¡Miren que no hablo sin conocimiento del hombre!
- Lo que sucede General, es que Usted no está convencido de la justicia “del proceso”. ¡Usted se cuestiona muchas cosas! ¡Eso es peligroso General!
-¡Che, no vengas a tomarme el pelo ahora, que ya no tengo ni para el peine! ¿Vos, qué hablas? ¿Acaso te ganaste los galones en Vietnam? Yo no me engaño, tengo claro que la “guerra fría” la calentamos con la sangre de nuestra gente. Ahora, con la perspectiva que dan los años, podemos tener una idea de la dimensión del proyecto, de lo que se quería hacer, y de quienes fueron los reales beneficiados por todo este embrollo. Ahora te podes enterar de que quien dio la orden de matar a Allende no fue Pinochet, sino Kissinger... ¡Entramos como unos boludos! Mientras tanto los "doctores" y sus empresarios amigos saqueaban a gusto el país. Que, si algunos de nosotros no nos plantábamos al frente de las empresas públicas, hubieran sido liquidadas de entrada, como lo intentan ahora, un día sí y otro también. Solo nos dejaron " los botines de guerra"... ¡nos convertimos en piratas! Nosotros alimentamos la fantasía de un enemigo más allá de noviembre del 72, cuando todos sabíamos que ya todo había concluido. Ahora solo pienso en mis nietos, que se merecen paz en la única parcela del planeta que tienen a ocupar por derecho propio. Pienso en los nuevos oficiales, en mis paisanos de uniforme, que creían llegado el tiempo de una paz duradera... ¡Y, dirán que estoy reblandecido, pero nada justifica lo que se piensa hacer!
El que había inspirado la larga arenga del General, que lo había obligado a dejar su artesanal limpieza del trofeo, un hombre de mediana altura, ya pasado de peso a sus cincuenta y tantos años, abundante cabellera negra, ojos oscuros, que desaparecían junto a su nariz y pequeña boca, en su gordo e inexpresivo rostro, el Almirante Castro, que volvió a la carga:
- -Ya es tarde para arrepentimientos. Todos estamos en esto, y lo estaremos hasta el fin. Nos va la vida en ello. Debemos tener presente de que no somos dueños de nuestros actos, ni siquiera de nuestras vidas. Ni de las de nuestros subalternos o familiares. Nuestro mejor amigo puede haber jurado nuestra muerte, como nosotros juramos la de nuestros predecesores. Acá somos tres. Nosotros representamos dos generaciones de militares, somos viejos camaradas de armas, lo que nos permite ser francos entre nosotros. ¿Quién busca su propia muerte? No hay lugar para los arrepentimientos ni las dudas. Pues si esto se llega a saber “somos boleta”. Trabal se creyó seguro en Francia. Y Berríos se quería escapar a Washington. Ambos, en distintas circunstancias, dudaron, se pararon a pensar sobre lo actuado. Llegaron a creer que podían existir escapes personales. Esta es la cruda realidad: Ahora cualquier corporación puede contratar sus bandas armadas, el más sofisticado armamento y los mejores profesionales del mundo. Hoy asistimos a la privatización de los ejércitos. A los servicios de inteligencia de alquiler...
- Bien, señores, el hombre ya está aquí... Pero, ¿qué seguridad tenemos de que esta vez no venga con planes propios? El tipo ahora es un empresario de la guerra. ¿Saben ustedes a quién sirve éste ahora? A los gringos, a los narcos, al terrorismo islámico, a alguna corporación... ¿Quién les dice que nosotros no seamos sus próximas víctimas?
No, terció el que había estado hasta ese momento callado, el más joven de los tres, también el más bajo y delgado, todo en él recordaba al ave de rapiña, ojos pequeños junto a la corva nariz, boca insignificante, así era el Coronel Silva, quién saliera de aquel tribunal de honor, ascendido y puesto a la diestra del Presidente- Eso puede ser neutralizado. Nosotros podemos enterrarlo con todos los honores, aquí mismo. ¿Qué más natural que una vendetta de sus propios ex compinches, los viejos tupas? .Él sabe que puede ser reconocido por cualquiera.
-Yo soy, por lo menos hasta ahora, el oficial superior al mando, cortó el General. Los convoqué para aclarar mis pensamientos, pero, sus planteos me confunden más. Parecen no darse cuenta de que esto ha sido madurado fuera de este recinto, muy lejos de aquí. Estos tipos vienen a instalar aquí su empresa de grupos de élite de alquiler. Pequeños comandos de acción rápida al servicio de quién los quiera pagar. Parece que la situación política en Argentina y en Brasil justifica esta movida. Ese es el nuevo papel que desde el norte le han asignado a este desgraciado país. ¡Y yo a eso no me presto!
- -Lamento su actitud, dijo el Almirante Castro. -Creo que se equivoca. No irá muy lejos con eso. No se lo tome como una amenaza, es un hecho, ya es tarde para que piense que con esas actitudes se puede salvar.
-¡Eso ya lo sé! Pero, igual, ¡ya es suficiente para mí! Ahora ya no importa lo que me suceda.
- Creo que se equivoca General, terció Silva, nada de lo que Usted haga puede cambiar el rumbo, no hay imprescindibles. Su sitio será llenado por cualquiera, hasta por alguno de nosotros.
-¿Usted, tal vez?
- Sí, tal vez. Usted sabe que los neutrales viven poco. No, no dudaría en hacerlo. Es inútil hacerse el héroe. Aunque Usted sellara sus palabras pegándose un tiro, frente a millones de televidentes, tampoco le creerían. Un diligente tribunal militar certificaría técnicamente su locura suicida .En menos de una hora integraría la galería de los locos, junto a su protegido Villita. ¡Seguro que él contaba con usted, cuando amenazó a los repodridos con un golpe de estado! Pocos días pasaron hasta que decretaran su suicidio. ¿Qué pudo hacer Usted cuando le privaron de su mejor promesa? ¡Nada! ¡Hasta le impidieron asistir al entierro, confinándolo en su propia unidad!
-¿Qué si les ganamos de mano? - arremetió Castro- meterles una bomba, liquidarlos a él y sus agentes. Luego echarle las culpas a un grupo restringido de tupas y de etarras. Recuerden que los etarras quisieron liquidarlo en España, cuando el hombre estuvo haciendo de las suyas por allá. Se evitaría la generalización de la guerra. Sería un asunto entre terroristas, no tendríamos nada que ver. ¡La fuerza quedaría a salvo!
- Esa es una excelente propuesta, acotó, Silva. ¿Usted que opina General?
-¡Ambos están locos! No se dan cuenta de que todos los caminos conducen a lo mismo. ¿Quién puede dudar de que una acción de ese tipo desatará una guerra civil salvaje? ¡Habríamos creado, para solaz de los gringos, una nueva Colombia aquí en el sur! Que terminaría destruyendo a nuestro ejército, dividiéndolo en bandas. ¿Quién recogerá los frutos de la fractura? Los empresarios de la guerra. ¿Y piensan ustedes que los gringos se quedarán quietos? Al menor movimiento sus agentes incitarán a la acción a todos los temerosos. Todos los que creen tener una cuenta que saldar saldrán a la calle, civiles y militares. ¡Señores, ha llegado la hora de poner la vida en el tablero!
Calló el General, había concluido la prolija limpieza y carga de su histórico trofeo, su vista quedó mirando el vacío...
La pausa amenazaba a convertirse en incómodo silencio, cuando al Coronel Silva, en tono irónico dijo: ¡Gloria a los vencidos!
¡Los tres!
¡Los tres!
- Fue lo último que le escuchó al General antes del estruendo de las explosiones, en tanto que un espeso y caliente sabor dulce le llenaba la boca. ... La cabeza del Almirante Castro estalló, salpicándolo con su sangre y masa encefálica... Indiferente a todo se abandonó a sus recuerdos...
- .El sol brillaba aquel cuatro de julio sobre el Campus de la Escuela de Las Américas. Sonaron los acordes del himno uruguayo, en tanto era izada la enseña patria.
-" Aquí se templará vuestra condición humana. Así como Aquiles y Jasón, míticos guerreros griegos, fueron confiados en su niñez al centauro Quirón. Esta alegoría no significa otra cosa sino que ellos tuvieron como preceptor a un maestro que era mitad bestia y mitad hombre. Es decir, que el jefe tiene necesidad de saber usar a un mismo tiempo de una y otra naturaleza, y que la una no podría durar si no la acompañara la otra. ¡Bien venidos a la escuela de centauros del siglo XX !"
El prisionero encapuchado, desnudo y con los brazos atados por la espalda, fue colocado sobre la parrilla de tejido de alambre, a la manera de las antiguas camas de elástico. En uno de los extremos de la misma era conectado el electrodo que venía de una fuente de corriente. El instructor procedió a atarlo con alambre al por las muñecas y tobillos. Es necesario, explicó, mantener al cuerpo bien mojado, con agua salada, mientras procedía con la esponja, para mejorar los efectos de la corriente. La clase era filmada por cámaras automáticas, separados de la escena por un grueso cristal refractario, podíamos escuchar por los parlantes los alaridos del prisionero. Para nuestro asombro, el interrogatorio se hacía en ruso, por lo cual no pudimos entender sus objetivos
Mientras el prisionero gritaba y se retorcía bajo los efectos de la picana certera, dos de los presentes se desmayaron y fueron retirados por dos efectivos de seguridad militar.
Luego supimos que la "víctima" era un marine que participaba, sin saberlo, de un entrenamiento de resistencia a los interrogatorios, un aspirante a cuadro de élite, al cual sus superiores habían confiado una "misión secreta". Estaba viviendo su secuestro a manos del "enemigo". Este hecho no hizo otra cosa que aumentar nuestra admiración por una nación que es capaz de exigir tal formación y sacrificio a sus ciudadanos. Y temer y respetar al soldado que ellos formaban para la defensa de su patria ¿De qué no serían capaces hombres sometidos a estos terribles entrenamientos?
Buenas lecturas fortalecieron mi ánimo, me ayudaron perder del lastre de superstición que arrastraba de la educación familiar. Zaratustra se convirtió en mi profeta, y yo en su dios... Más allá del hombre, el ”superhombre” sobre el bien y el mal, dijo el filósofo. Dios ha muerto, no hay juicios ni testigos molestos ni más allá ni más acá. Y como un iluminado, ya en el terreno de la acción, yo me encargaría de asegurárselo a mis suplicantes. ¡"Si Dios no hubiera muerto, ninguno de los dos estaríamos en esto!. ¡Aguanten, que no hay mas nada que esta vida!" Les gritaba a los que parecía que aflojaban Los muertos no brindan información, siempre hay que dejar lugar a la esperanza, dijo el maestro, si alguien pensaba escaparse muriéndose, se acababa el juego...¡Pensar que había visto temblar a tantos, rodeado de una aureola terrible, se orinaban al oír mi nombre!.... No sabía como hacer para no estallar en incontenibles carcajadas, al ver aquellas caras deformadas por el terror, por el solo efecto de sus fantasías, alimentadas por los relatos de otros. Esto me obligaba a superarme en cada sesión. Mantener en alto la fama y prestigio, en definitiva, no defraudar a la víctima en sus expectativas de sufrimiento. Así pues, bordeando la muerte, cuidadosamente, evitando aún los desmayos y los paros cardíacos, con artesanal dedicación, arrancaba uñas, muelas, quemaba testículos... ante una oficialidad entre aterrada y extasiada. El silencio que reinaba en mis clases solo era profanado por las
súplicas, gritos y lloros de la víctima. Los siete u ocho oficiales espectadores de los cursos, ni respiraban, por no hacer ruido. Creo que en alguna oportunidad, hasta las víctimas se contagiaron de esa voluntad de sagrado silencio. Por momentos todos ingresábamos en un ambiente de irrealidad ritual.
Siempre me había jactado de tratar a las mujeres a cara descubierta, pero con Marina fue distinto. Tenía una mirada tierna, enigmática, sin miedo ni odio. ¿Podía ser posible eso? Y, cuando en aquella madrugada de julio, tras unas seis horas de interrogatorios, tratando de ser amable, ella le rechazó, con aquella mirada clara, firme, pero sin rebeldía. ¡Era ¡dignidad! ¿Cómo podía tener dignidad después hacerla violar por su compañía? Así, como un autómata, la desenchufo, secó, cubrió con una manta, introdujo una barra de chocolate en su boca al dejarla desmayada en su celda... Otro día, obligado a volver a interrogarla, se puso la capucha, para evitar ser conocido, para el caso en que las vendas de sus ojos fallaran! ¡Pero, al oír decir, "gracias capitán", una mezcla horror y vergüenza se apoderó de él! Ella es el único testigo vivo de un momento de debilidad. Pero, ella no se lo va a contar a nadie, es nuestro secreto, pensó, para tranquilizarse, o tal vez, para salvarla de sus demonios...
Nunca fue de esos, que en la locura colectiva de los antros, se mintieron ganadores con las mujeres, aprovechándose de las infelices que pensaron lograr algún privilegio en medio de su desesperada situación, un mejor trato para sí, o para a alguien a quién estaban protegiendo. Vanas esperanzas, ya que el breve placer pronto era sucedido por el furioso desprecio. Aquellos que perdían el control de sus instintos, pronto convertían sus debilidades en furia homicida. En esas circunstancias, la culpa y la vergüenza, ante lo injustificable, obligaron ha hacer desaparecer todo rastro de algunas prisioneras...
Yo estaba solo, mi mujer había recibido llamadas anónimas, comenzó a hostigarme con preguntas molestas. Mis hijos comenzaron a temerme. Una noche, borracho, perdí el control y casi la mato...Luego de que me levantaron el arresto, divorcio de oficio, no los vi más. ¡Pésimo negocio el divorcio! Solo pude salvar el auto y las acciones de la empresa de seguridad, en la que invertimos algunos botines de guerra. Nunca hubiera creído que mi mujer me traicionara de esa forma, dando crédito a nuestros enemigos. ¡Bien que en los buenos tiempos, no preguntaba de donde salía la abundancia imposible para mi pobre sueldo de capitán!
El tiempo había pasado, en esos días el avispero andaba revuelto, había muerto, en raras circunstancias, el Intendente de Cerro Largo, Villanueva Saravia. Marina podría haber regresado al país hacía unos años, sin novedad hasta aquel día, en que nos cruzamos en aquel restaurante en Punta del Este. Quedé tan turbado que inmediatamente pedí información a inteligencia. Así pude saber que se había recibido y que ejercía un alto cargo en las Naciones Unidas. Y luego, ¡en mala hora! busqué su encuentro. ¡Sí, fui a verla! A cara descubierta, pero esta vez de igual a igual, en libertad... ¡qué locura! Por suerte no hubo testigos. Por primera vez, experimenté lo que es el terror, me sentí cobarde, hasta que abrió la puerta. Me quedé mirándola sorprendido, estaba más bella y dulce que nunca. Los años le habían sentado bien. Con la misma mirada clara y firme, sin nubes de rencores. Le di a entender que esa era una visita de rutina, de reconocimiento. En silencio me escuchó. No me dijo palabra. Tampoco me creyó nada. Ella sabía bien por qué yo estaba ahí. Luego me preguntó, serenamente: ¿Eso es todo Mayor? -No se preocupe- agregó- de mi no tiene nada que temer, siga con su vida. Advirtió que mi visita era fruto de mis inseguridades, de mis miedos ¡Y el alto precio que yo estaba pagando! ¡Qué mujer, la vi agigantarse ante mí! Para disimular, me hice el fuerte, reprimiendo mis ridículas ganas de abrazarla, de felicitar su coraje, de agradecerle su mirada, pedirle perdón......nos despedimos y me retiré mostrando el más adusto gesto militar de que mi cara fue capaz.
eso fue todo. ¡A qué tanto lío! Que fulano se lo dijo a mengano. ¡Qué perengano al Ministro, éste al Presidente... y aquí estamos, a las puertas de un tribunal de honor! Pero, ¿qué pueden hacer éstos conmigo? Estoy seguro de que ella no dijo nada. Tal vez lo comentara con su abogado, pero nada mas hay que temer. En estas y otras reflexiones, me sacó la voz del sargento Ramírez que a mi lado reclamaba mi atención:- ¡Mayor!
- ¿Qué tal Ramírez? Dejémonos de grados y de cumplidos, no estamos uniformados. -¿Está todo?
- Sí Miguel, tengo las instrucciones en este sobre.
- Allí se pudo leer:
- Camino Melilla kilómetro 21 y medio. A la derecha dos kilómetros, luego del cruce con la vía, tomar a la izquierda doscientos metros. Portera negra. Apagar las luces y entrar. Pases: "Por mí se va a la ciudad doliente." Llave: "Vosotros,los que entráis, dejad aquí toda esperanza". "Rompí papel ante los ojos intrigados de Ramírez.
--¡Volvemos al infierno!, Ramírez. Para irse entonando, te invito con un pisco que hace un unos meses trajeron unos camaradas de Chile. Pese a tener cara de no entender mucho, no se dejó impresionar por mis misterios y me aceptó entusiasta el convite. Nos tomamos un par y partimos, como viejos amigos que éramos.
La chacra tenía unas instalaciones espaciosas. Un gran galpón, una casa en herradura con patio y aljibe. Un antiguo casco de estancia, más que centenario ya. Rodeando la edificación principal buscamos un discreto reparo para el auto, lejos de las miradas del cercano camino. Los otros ya habían llegado, porque el galpón ya estaba lleno de vehículos Se abrió una de las puertas de la casona, apareció un paisano de bombacha, de indeterminada edad, cutis curtido por soles y años, de esos que siempre te dejan mal en el acertijo de edades, doblando en apariencia su edad. Sin más palabras que un “buenas noches”, le seguimos. Adentro un soldado nos tomó los pases. A Ramírez lo dejé con la guardia. El guía orientó mis pasos.
La espaciosa y vacía sala estaba alumbrada con un viejo farol de mantilla, de la cocina venía un fuerte olor a mondongo. La atravesamos. En la habitación contigua había una escalera por la cual se llegaba a una espaciosa cava, que conservaba aún unos viejos cascos de roble. Y, allí estaban todos. Unos veinte y tantos hombres, charloteando desordenadamente. El recinto estaba bien iluminado. En su centro unas mesas de caballetes sobre la cual alternaban vasos de güisqui y varias botellas. En una mesa contigua, descansaban las armas.
Bien venido - dijo el Coronel Lima- está en su casa. Acomódese, falta un rato para la buceca. - Silva, esta sigue siendo la gran familia de siempre. No tiene que preocuparse por nada. No hay nada que temer. Va a ver como se divierte más que nunca, je, je! Y puso en mi mano un gran vaso de güisqui.- ¡Por los buenos tiempos! Y me dejó más que entusiasmado, preocupado. ¿Qué se estaba tramando? Allí estaban todos. El grupo de tareas Oscar 300, casi en su totalidad
Las risotadas ya sonaban algo destempladas por el alcohol. Al segundo abundante vaso me comencé a sentir como en casa, se respiraba el ambiente desordenado de los viejos tiempos, de fraternidades selladas con sangre y alcohol. Pero sangre no habría allí seguramente. Los recordaba borrachos, enloquecidos por alguna pólvora que se mandaban antes de la acción, fieras que desconocían a su propia madre cuando entraban en clima. Ahora parecían unos bobalicones dándose la gran divertida, como festejando el cobro de algún peso extra, de alguna propina de los servicios.
Arrímese, Silva. Sonó la voz del Mayor González, un grandullón de dos metros, ciento cincuenta quilos y redonda cara de satisfecho lactante.- Así, de vuelta a las andadas ¿no? ¡Ya me contaron lo de su visita a la “damita de hierro”!
-No, no le dijeron toda la verdad seguramente, González.
-Si, pero podía haber mandado a alguien poco conocido, ¿verdad? ¿O es que quiere andar en la boca de todo un parlamento? ¡Que se hagan una fiesta con Usted!
-No sería ni el primero ni el último que ha tenido encuentros con antiguos enemigos. ¡Y no dude Mayor, que a menos que se retire pronto, lo voy a ver cuadrarse ante un Presidente tupamaro!
-¡Mal rayo lo parta!, Silva. ¡Usted siempre tan sospechosamente intelectual! Recuerdo que de capitán, le decían “filosofito”...je. je. Dijo, festejándose, el muy idiota, ya bastante borracho, dejándome solo en busca de más hielo. Me quedé mirando como se alejaba ese gigante microcéfalo. El "mata caballos", le decían, por haber tumbado de una trompada, al equino que lo " largó por las orejas", plantándose frente a una valla... Fresco no le pegaba a nadie, pero borracho se volvía una fiera, si lo soltaban ante un prisionero bien embolsado...o a su mujer, que lo esperaba aterrorizada cada vez que volvía luego de un largo arresto, ganado tras la última biaba.
- Mayor, ¿qué hace ahí solo? Era el Capitán Domínguez.
- - Le presento a la nueva generación, dijo. Y se me vinieron tres alférez, ya algo entonados de más, que se divertían contando algunas historias soeces. Cuando torpes cuerpos quisieron erguirse, intentando un respetuoso saludo, los relevé del ceremonial, con un simple gesto y un, “como la están pasando muchachos”.
- Les presento al Mayor Silva - insistió Domínguez- fue mi mejor profesor en la escuela, a él debo todo lo que se en el arte de convencer cabezas duras...se festejó con una estruendosa carcajada.
- Mayor, ¿Piensa que las cosas cambiarán ahora? Me largó a bocajarro un joven alférez casi imberbe.
-No sé en que sentido, cambios en qué, le respondí a lo gallego, haciéndome el turro.
-Bueno...respecto a nosotros, el revisionismo. ¡Hay tipos que piden venganza!
- Jóvenes, en realidad éste fue un enfrentamiento entre civiles, los civiles nos los mandaron cazar a la otra orilla... nosotros no hicimos otra cosa que, abandonándonos a la tradición, fuimos el brazo armado de "los doctores". Por su encargo cortamos algunas cabezas, pero no les dimos el gusto de quedarnos sin poder negociador. Negociamos hombre a hombre los cautivos. Ahora ahí están, en el Parlamento, fraternizando con algunos de sus verdugos. ¡Esa será su cárcel dorada!
- Pero, se sigue con el tema de los desaparecidos. ¿Qué hacer, como terminar eso?
- Ese es el resultado de los errores de una generación. Pero aguanten, que toda esa historia ocurrió antes de que ustedes nacieran, Ya pasará, el tiempo inexorable lo puede todo. En toda guerra hubo y habrá desaparecidos, como los hay en los naufragios. Solo que en este caso la desaparición fue un acto político que escapó a nuestro control. Cuyas consecuencias a largo plazo no supimos ver. Aunque sea en un osario común debíamos haber dejado los restos, para que transcurrida una década o dos, cuando ya todo se calmara, exorcizar los fantasmas del pasado. Reducir el pasado a unos pocos huesos, es una forma de aceptarlo. Todos tenemos algunos huesos queridos tirados por ahí, que nunca visitamos, pero sabemos que están y ello nos tranquiliza. La gente quiere eso. Este es un problema de nuestra generación. Yo que tuve parte activa en aquellos tiempos, no me preocupo. ¡No lo hagan ustedes! ¡No es bueno ni hablar de esto!
Y así, sin esperar respuesta, di por terminado el asunto, y los dejé en su fiesta.
-No muy lejos, con el oído atento, estaba el Almirante Castro. Ese era de los “duros de escritorio”, nunca se ensangrentó las manos, se cuidó bien de mandar a otros...Vi que quería decirme algo. Nos apartamos un poco de tanto borracho.
- Bien, no pude evitar oírlo, largó, pero lo que Usted dice puede ser cierto en lo inmediato, pero no hay nada definitivo. Nosotros no podemos bajar la guardia nunca, somos hombres marcados. ¿Me entiende?
- Si. Pero a los muchachos hay que tranquilizarlos, son otra generación.
- Habrá sentido los rumores.
- ¿Tienen algo que ver con el asesinato del intendente?
- No. Ese es un pleito entre "doctores", resuelto por profesionales privados. El ejército sigue siendo logísticamente colorado, por esta vez, nos negamos ha hacer mandados personales que pudieran dividir a la fuerza. En ese asunto los servicios están por fuera.
- -Se rumorea que viene Amodio. ¿Qué hay de cierto?
- No son rumores. Ya está aquí desde hace una semana. Y sobre eso es lo que quiero hablar con usted algunos y otros del círculo. Va a ser una reunión muy selecta, donde verá a gente de la orilla de enfrente. Le recomiendo que vaya pensando algo.
-¿Con qué rumbo?
- Reviste sus contactos de información. Despierte a sus agentes periféricos. ¿No habrá perdido de vista a esos hombres?
- No.
- Entonces vea en que están. Que no se oxiden. Cada uno de nosotros es responsable de que ese material humano no se pierda..
- Como Usted lo plantea, la partida viene en serio. ¿Qué tiempo tengo?
- Diez días, hasta el martes dos. Allí se reportará ante mí, me informará de la situación logística. Los recursos, locales con que cuenta, situación de sus elementos.
- El General nos quiere ver antes, la semana próxima. Nos mandará un propio con los detalles, hora y lugar.
Esta tenida fraternal de varias generaciones iba para largo. Terminarían al amanecer, durmiendo la mona, desparramados por el piso. Ya el estado alcohólico general era deplorable y la buceca no salía. Por lo tanto, resolví volverme a casa, con mil preguntas rompiéndome la cabeza.
Pasé por la guardia. Ya ellos habían probado la buceca. El personal estaba sirviendo las casuelas. -¡Vamos!, con eso no vas a sentir el frío de la madrugada. Le dije a Ramírez, y partimos.
Los tres hombres se miraron. Sus gestos denotaban cansancio y preocupación. El ambiente estaba tenso.
El que a todas luces era el centro de la reunión, el General, un hombre de complexión fibrosa, más alto que el promedio de su clase, de calva lustrosa, nariz levemente aguileña, ojos castaño claros y mentón prominente. Su voz grave armonizaba con su personalidad acostumbrada al mando. Hablaba mientras limpiaba meticulosamente su Mágnum 357, misterioso legado de Vilanueva Saravia, arma que, según él, fuera “plantada”, en el recientemente fraguado “suicidio” de su joven amigo. Más que la “prueba de la infamia”, era el recordatorio de un compromiso. Villita fue su alumno meritorio en su breve paso por el Liceo Militar. Pero en realidad, venía huyendo de una situación familiar conflictiva y, como tantos muchachos en esas circunstancias, estaba errando el camino, lo suyo era la política y para ello nada mejor que estudiar derecho. El joven siguió su consejo, no entró a la escuela, se anotó en la Facultad de derecho, contó el General. Siempre se supo que Villa contaba con él en su trunca carrera hacia la Presidencia.
- No estoy de acuerdo en traerlo nuevamente, -dijo - mientras limpiaba cuidadosamente con la baqueta el caño del arma- creo que ya cumplió con su cometido. Ya por 1967, lo reclutaron los gringos cuando cursaba bachillerato. Él mismo me lo dijo, dada la confianza que nos teníamos. No se si saben, fuimos compañeros de clase en la escuela primaria, nos criamos en la misma cuadra. Luego yo ingresé al Liceo Militar y él al Suárez. ¡Miren si será chico el Uruguay! Era un exaltado militante juvenil, había llegado a ser secretario de la juventud de su partido, cuando recibió una carta del Departamento de Estado. No entendía por qué él, un pichón de líder estudiantil, había recibido algo así. Él ni lo sospechó en ese momento, pero lo descubriría años después, miles de jóvenes, potenciales lideres, recibieron iguales propuestas de los servicios. Allí le reconocían, halagaban su liderazgo, en medio de consideraciones sobre las contradicciones internacionales del marxismo. Le proponían una nueva forma de servir a su patria. También le ofrecían, lo más interesante, un ingreso discreto y seguro, con el cual seguir sus estudios sin sobresaltos. Y, medio en serio y medio en broma, contestó la misiva enviando la clave de contacto. Y eso cambió su vida. Ellos lo formaron y nos lo metieron en el ejército años después... pero eso es otra historia. ¡Miren que no hablo sin conocimiento del hombre!
- Lo que sucede General, es que Usted no está convencido de la justicia “del proceso”. ¡Usted se cuestiona muchas cosas! ¡Eso es peligroso General!
-¡Che, no vengas a tomarme el pelo ahora, que ya no tengo ni para el peine! ¿Vos, qué hablas? ¿Acaso te ganaste los galones en Vietnam? Yo no me engaño, tengo claro que la “guerra fría” la calentamos con la sangre de nuestra gente. Ahora, con la perspectiva que dan los años, podemos tener una idea de la dimensión del proyecto, de lo que se quería hacer, y de quienes fueron los reales beneficiados por todo este embrollo. Ahora te podes enterar de que quien dio la orden de matar a Allende no fue Pinochet, sino Kissinger... ¡Entramos como unos boludos! Mientras tanto los "doctores" y sus empresarios amigos saqueaban a gusto el país. Que, si algunos de nosotros no nos plantábamos al frente de las empresas públicas, hubieran sido liquidadas de entrada, como lo intentan ahora, un día sí y otro también. Solo nos dejaron " los botines de guerra"... ¡nos convertimos en piratas! Nosotros alimentamos la fantasía de un enemigo más allá de noviembre del 72, cuando todos sabíamos que ya todo había concluido. Ahora solo pienso en mis nietos, que se merecen paz en la única parcela del planeta que tienen a ocupar por derecho propio. Pienso en los nuevos oficiales, en mis paisanos de uniforme, que creían llegado el tiempo de una paz duradera... ¡Y, dirán que estoy reblandecido, pero nada justifica lo que se piensa hacer!
El que había inspirado la larga arenga del General, que lo había obligado a dejar su artesanal limpieza del trofeo, un hombre de mediana altura, ya pasado de peso a sus cincuenta y tantos años, abundante cabellera negra, ojos oscuros, que desaparecían junto a su nariz y pequeña boca, en su gordo e inexpresivo rostro, el Almirante Castro, que volvió a la carga:
- -Ya es tarde para arrepentimientos. Todos estamos en esto, y lo estaremos hasta el fin. Nos va la vida en ello. Debemos tener presente de que no somos dueños de nuestros actos, ni siquiera de nuestras vidas. Ni de las de nuestros subalternos o familiares. Nuestro mejor amigo puede haber jurado nuestra muerte, como nosotros juramos la de nuestros predecesores. Acá somos tres. Nosotros representamos dos generaciones de militares, somos viejos camaradas de armas, lo que nos permite ser francos entre nosotros. ¿Quién busca su propia muerte? No hay lugar para los arrepentimientos ni las dudas. Pues si esto se llega a saber “somos boleta”. Trabal se creyó seguro en Francia. Y Berríos se quería escapar a Washington. Ambos, en distintas circunstancias, dudaron, se pararon a pensar sobre lo actuado. Llegaron a creer que podían existir escapes personales. Esta es la cruda realidad: Ahora cualquier corporación puede contratar sus bandas armadas, el más sofisticado armamento y los mejores profesionales del mundo. Hoy asistimos a la privatización de los ejércitos. A los servicios de inteligencia de alquiler...
- Bien, señores, el hombre ya está aquí... Pero, ¿qué seguridad tenemos de que esta vez no venga con planes propios? El tipo ahora es un empresario de la guerra. ¿Saben ustedes a quién sirve éste ahora? A los gringos, a los narcos, al terrorismo islámico, a alguna corporación... ¿Quién les dice que nosotros no seamos sus próximas víctimas?
No, terció el que había estado hasta ese momento callado, el más joven de los tres, también el más bajo y delgado, todo en él recordaba al ave de rapiña, ojos pequeños junto a la corva nariz, boca insignificante, así era el Coronel Silva, quién saliera de aquel tribunal de honor, ascendido y puesto a la diestra del Presidente- Eso puede ser neutralizado. Nosotros podemos enterrarlo con todos los honores, aquí mismo. ¿Qué más natural que una vendetta de sus propios ex compinches, los viejos tupas? .Él sabe que puede ser reconocido por cualquiera.
-Yo soy, por lo menos hasta ahora, el oficial superior al mando, cortó el General. Los convoqué para aclarar mis pensamientos, pero, sus planteos me confunden más. Parecen no darse cuenta de que esto ha sido madurado fuera de este recinto, muy lejos de aquí. Estos tipos vienen a instalar aquí su empresa de grupos de élite de alquiler. Pequeños comandos de acción rápida al servicio de quién los quiera pagar. Parece que la situación política en Argentina y en Brasil justifica esta movida. Ese es el nuevo papel que desde el norte le han asignado a este desgraciado país. ¡Y yo a eso no me presto!
- -Lamento su actitud, dijo el Almirante Castro. -Creo que se equivoca. No irá muy lejos con eso. No se lo tome como una amenaza, es un hecho, ya es tarde para que piense que con esas actitudes se puede salvar.
-¡Eso ya lo sé! Pero, igual, ¡ya es suficiente para mí! Ahora ya no importa lo que me suceda.
- Creo que se equivoca General, terció Silva, nada de lo que Usted haga puede cambiar el rumbo, no hay imprescindibles. Su sitio será llenado por cualquiera, hasta por alguno de nosotros.
-¿Usted, tal vez?
- Sí, tal vez. Usted sabe que los neutrales viven poco. No, no dudaría en hacerlo. Es inútil hacerse el héroe. Aunque Usted sellara sus palabras pegándose un tiro, frente a millones de televidentes, tampoco le creerían. Un diligente tribunal militar certificaría técnicamente su locura suicida .En menos de una hora integraría la galería de los locos, junto a su protegido Villita. ¡Seguro que él contaba con usted, cuando amenazó a los repodridos con un golpe de estado! Pocos días pasaron hasta que decretaran su suicidio. ¿Qué pudo hacer Usted cuando le privaron de su mejor promesa? ¡Nada! ¡Hasta le impidieron asistir al entierro, confinándolo en su propia unidad!
-¿Qué si les ganamos de mano? - arremetió Castro- meterles una bomba, liquidarlos a él y sus agentes. Luego echarle las culpas a un grupo restringido de tupas y de etarras. Recuerden que los etarras quisieron liquidarlo en España, cuando el hombre estuvo haciendo de las suyas por allá. Se evitaría la generalización de la guerra. Sería un asunto entre terroristas, no tendríamos nada que ver. ¡La fuerza quedaría a salvo!
- Esa es una excelente propuesta, acotó, Silva. ¿Usted que opina General?
-¡Ambos están locos! No se dan cuenta de que todos los caminos conducen a lo mismo. ¿Quién puede dudar de que una acción de ese tipo desatará una guerra civil salvaje? ¡Habríamos creado, para solaz de los gringos, una nueva Colombia aquí en el sur! Que terminaría destruyendo a nuestro ejército, dividiéndolo en bandas. ¿Quién recogerá los frutos de la fractura? Los empresarios de la guerra. ¿Y piensan ustedes que los gringos se quedarán quietos? Al menor movimiento sus agentes incitarán a la acción a todos los temerosos. Todos los que creen tener una cuenta que saldar saldrán a la calle, civiles y militares. ¡Señores, ha llegado la hora de poner la vida en el tablero!
Calló el General, había concluido la prolija limpieza y carga de su histórico trofeo, su vista quedó mirando el vacío...
La pausa amenazaba a convertirse en incómodo silencio, cuando al Coronel Silva, en tono irónico dijo: ¡Gloria a los vencidos!
¡Los tres!
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