“Las ciudades que se gobiernan bajo el nombre de república mudan frecuentemente de gobierno; y esto no acaece por un efecto de la libertad que en ellas se goza, o de la servidumbre que se experimenta allí, como lo creen muchas gentes, sino por el de una servidumbre acompañada de licencia.”Así describía Maquiavelo las repúblicas en las que, la licencia de algunos, plasmada en el derecho, generaba la servidumbre de las mayorías.
El paradigma de república la oligárquica platónica, forma parte de la matriz ideológica de los agentes mercantiles que se apropiaron de nuestros puertos hace dos siglos, en aquella memorable conjura de piratas y contrabandistas que demoliera el imperio español. Nuestro proscenio está lleno de comisionistas del puerto, agentes del comercio inglés, vueltos patricios por obra y arte de las intervenciones de marinerías y de ejércitos mercenarios conchabados los flemáticos hijos de “inglalaperra”. De ahí que nuestras constituciones, desde aquella primera de 1830, fueran un concierto de reglas de convivencia, propias de un club de amigos, de la logia, dedicados a administrar un territorio tributario de una ciudad puerto, punto de residencia de sus administradores. Las relaciones con el resto de los pobladores del territorio son relaciones de conquista, de ahí que el primer acto de gobierno del primer presidente, Rivera, fuera Salsipuedes… luego los despojados serían los beneficiados por los repartos de tierras hechos por Artigas durante su fugaz gobierno y el de todos aquellos que osaran postular otro tipo de institucionalidad republicana.
En fin, crearon una república censistaria, de propietarios, de terratenientes rentistas afincados en el puerto, que sería superada por el aluvión inmigratorio de fines del siglo XIX. Serán los inmigrantes, hombres libres no acostumbrados a las relaciones serviles, los que formarán sindicatos, alentarán revoluciones, forzando una mejor distribución de la renta pecuaria, única fuente de recursos de toda la población del territorio. A los pobladores del campo que expulsó el alambre inglés los mató el Mauser y la ametralladora, carne de montonera o cuartel. El que la renta agraria se invierta en bienes de capital y equipamiento destinado a la generación de valor material y calificación cultural de la población, es visto por los autoproclamados “patricios”, un atentado a sus intereses, puesto que ellos se consideran, desde que vencieron a Artigas y degollaron a su indiada en Salsipuedes, los dueños del territorio.
Para la dominación de un territorio por parte de una minoría es imprescindible mantener y fomentar las desigualdades sociales. Esto ya lo había notado Maquiavelo en el siglo XVI, que espesamente establecía que para instalar un principado en una república de iguales, “es menester comenzar introduciendo allí la desigualdad de las condiciones”, repartiendo el poder entre ricos feudatarios , es decir la república oligárquica.
El concepto republicano artiguista no fue copiado de ningún lado, era el sentir de los “hidalgos fundadores” de los cuales él constituía la tercer generación .Modestos colonos, canarios y andaluces, agraciados con solares urbanos, suertes de chacras , suertes de estancias, a los cuales el Rey reconoció como “hidalgos de solar conocido”, dignos de usar el título de “Don”, con derecho a participar y constituir el Cabildo de la nueva ciudad, tal como se había organizado durante tres siglos en América. Industriosos colonos organizadores de saladeros, primera manera de industrializar las carnes, de atahonas, molinos de granos, movidos a viento o agua, vecinos a las áreas agrícolas del territorio. Aquellos colonos se fabrican sus embarcaciones de cabotaje, lanzándose, temerarios, a atravesar el océano a llevar sus tasajos, en fin gente emprendedora, semilla genuina de capitalismo.
Las bases del desarrollo capitalista autóctono estaban en nuestra América y se desarrollaban de satisfaciendo las necesidades locales, gracias la proteccionismo generado por las limitaciones de España para abastecer sus dilatados dominios desde la metrópoli. Lo propio sucedería en el siglo XX, cuando el comercio mermara por las guerras mundiales. La creatividad y el capital estaban disponibles a poco que se le diera un resuello al ser nacional.
Y se viene, si nos dormimos, la restauración oligárquica, en la orilla de enfrente, Narvaez, aquí Lacalle, con su corte de “ávidos y logreros”, de capitalistas fraudulentos, especuladores disfrazados de industriales, y negreros ruralitas. Recursos no han de faltar a esta cruzada plutocrática internacional.
La política del achique permanente, de la exclusión irredimible, hasta que seamos menos que los que encontró Solis cuando remontó el río ancho como mar…
Se aprestan a “tomar la motosierra”, motorizado Salsipuedes, para talar el millón de pobres. Es la propuesta clásica, de “la solución final”, para el problema de la inseguridad ciudadana. Terminar con un millón de excedentarios, verdaderos hijos putativos de la calle, que como los charrúas, son un peligro para la seguridad ciudadana.
Mario de Souza
5017c.e.15/07/09
El paradigma de república la oligárquica platónica, forma parte de la matriz ideológica de los agentes mercantiles que se apropiaron de nuestros puertos hace dos siglos, en aquella memorable conjura de piratas y contrabandistas que demoliera el imperio español. Nuestro proscenio está lleno de comisionistas del puerto, agentes del comercio inglés, vueltos patricios por obra y arte de las intervenciones de marinerías y de ejércitos mercenarios conchabados los flemáticos hijos de “inglalaperra”. De ahí que nuestras constituciones, desde aquella primera de 1830, fueran un concierto de reglas de convivencia, propias de un club de amigos, de la logia, dedicados a administrar un territorio tributario de una ciudad puerto, punto de residencia de sus administradores. Las relaciones con el resto de los pobladores del territorio son relaciones de conquista, de ahí que el primer acto de gobierno del primer presidente, Rivera, fuera Salsipuedes… luego los despojados serían los beneficiados por los repartos de tierras hechos por Artigas durante su fugaz gobierno y el de todos aquellos que osaran postular otro tipo de institucionalidad republicana.
En fin, crearon una república censistaria, de propietarios, de terratenientes rentistas afincados en el puerto, que sería superada por el aluvión inmigratorio de fines del siglo XIX. Serán los inmigrantes, hombres libres no acostumbrados a las relaciones serviles, los que formarán sindicatos, alentarán revoluciones, forzando una mejor distribución de la renta pecuaria, única fuente de recursos de toda la población del territorio. A los pobladores del campo que expulsó el alambre inglés los mató el Mauser y la ametralladora, carne de montonera o cuartel. El que la renta agraria se invierta en bienes de capital y equipamiento destinado a la generación de valor material y calificación cultural de la población, es visto por los autoproclamados “patricios”, un atentado a sus intereses, puesto que ellos se consideran, desde que vencieron a Artigas y degollaron a su indiada en Salsipuedes, los dueños del territorio.
Para la dominación de un territorio por parte de una minoría es imprescindible mantener y fomentar las desigualdades sociales. Esto ya lo había notado Maquiavelo en el siglo XVI, que espesamente establecía que para instalar un principado en una república de iguales, “es menester comenzar introduciendo allí la desigualdad de las condiciones”, repartiendo el poder entre ricos feudatarios , es decir la república oligárquica.
El concepto republicano artiguista no fue copiado de ningún lado, era el sentir de los “hidalgos fundadores” de los cuales él constituía la tercer generación .Modestos colonos, canarios y andaluces, agraciados con solares urbanos, suertes de chacras , suertes de estancias, a los cuales el Rey reconoció como “hidalgos de solar conocido”, dignos de usar el título de “Don”, con derecho a participar y constituir el Cabildo de la nueva ciudad, tal como se había organizado durante tres siglos en América. Industriosos colonos organizadores de saladeros, primera manera de industrializar las carnes, de atahonas, molinos de granos, movidos a viento o agua, vecinos a las áreas agrícolas del territorio. Aquellos colonos se fabrican sus embarcaciones de cabotaje, lanzándose, temerarios, a atravesar el océano a llevar sus tasajos, en fin gente emprendedora, semilla genuina de capitalismo.
Las bases del desarrollo capitalista autóctono estaban en nuestra América y se desarrollaban de satisfaciendo las necesidades locales, gracias la proteccionismo generado por las limitaciones de España para abastecer sus dilatados dominios desde la metrópoli. Lo propio sucedería en el siglo XX, cuando el comercio mermara por las guerras mundiales. La creatividad y el capital estaban disponibles a poco que se le diera un resuello al ser nacional.
Y se viene, si nos dormimos, la restauración oligárquica, en la orilla de enfrente, Narvaez, aquí Lacalle, con su corte de “ávidos y logreros”, de capitalistas fraudulentos, especuladores disfrazados de industriales, y negreros ruralitas. Recursos no han de faltar a esta cruzada plutocrática internacional.
La política del achique permanente, de la exclusión irredimible, hasta que seamos menos que los que encontró Solis cuando remontó el río ancho como mar…
Se aprestan a “tomar la motosierra”, motorizado Salsipuedes, para talar el millón de pobres. Es la propuesta clásica, de “la solución final”, para el problema de la inseguridad ciudadana. Terminar con un millón de excedentarios, verdaderos hijos putativos de la calle, que como los charrúas, son un peligro para la seguridad ciudadana.
Mario de Souza
5017c.e.15/07/09
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